La reconstitución de la
memoria en base a fragmentos de la industria cultural, apuntes de infancia, muebles viejos y fotografías puede ser una actividad atractiva para quienes se sienten
atraídos por cierta melancolía hacia el pasado.
Al visitar la casa de mi abuelo, pasear por los pasillos con
reproducciones de Los Caprichos de
Goya, ver su oficina repleta de libros y carpetas, para luego recorrer los senderos rodeados de flores y arbustos que llevan hasta la piscina de piedra (hoy llena de ramas y tierra) en un sector de Puente Alto que actualmente está rodeado de centros comerciales, cines y locales de comida rápida; es inevitable no sentir algo especial en el aire, fijarse más en un detalle que en otros y volverse algo más contemplativo.
Esas mismas evocaciones son la que
Yambo, el protagonista de "La Misteriosa Llama de la Reina
Loana", realiza en el pueblo de Solara, buscando entre la habitaciones de la casa de su abuelo. Sólo que él ha perdido la memoria y sus recuerdos no se
remotan a fines del siglo
XX en Chile, sino a una Italia fascista de mediados de siglo.
El ejercicio de
búsqueda y lectura de libros, cuadernos y revistas permiten encontrar algunos lugares comunes con la historia de cada uno, pero además de ciertas citas puntuales (la biblia,
Mickey Mouse, Don
Bosco, Julio
Verne y
Fantomas), la búsqueda y la evocación inevitablemente permiten reconstruir otros momentos extraviados en la memoria.
En mi caso, cuando
Yambo se encuentra con unas ilustraciones sobre las diversas formas de tortura y señala que de niño volvía a ellas de manera frecuente, atraído por la brutalidad de las imágenes, yo evoco una Biblia ilustrada en colores, donde aparecía una imagen del diablo volando sobre el fuego con el cuerpo rojo, los cuernos en su frente, la cola por su espalda y el tridente en la mano.
Así mismo, recuerdo esas tardes tranquilas y solitarias en casa de mis padres en la ciudad de Punta Arenas, cuando a veces me dejaban sin televisor, y yo me volvía hacia los estantes del comedor y me sumergía en las ilustraciones de diversos libros. Mis favoritos eran los dibujos de los aviones de guerra de la Enciclopedia empastada, las ilustraciones del fondo marino en dos tomos especiales de la revista Time y, como no mencionarlo, mi primera
aproximación al desnudo femenino en la
reproducciones de las pinturas de
Renoir.
Pero también estaban los textos escritos. Jamás podré olvidar las vacaciones de invierno, cuando yo iba en el tercer año básico del Instituto Don
Bosco, y mi mamá me leía "Papelucho en la Clínica" mientras por la ventana se veía caer la nieve en el Cerro Primavera. O todas las veces que leí "El Fantasma de
Canterbille" o los libros de la colección "Elige tu Propia Aventura".
A medida que el protagonista de la novela de
Umberto Eco reconstruye los lugares comunes de su historia, inevitablemente avanza desde la infancia hasta la adolescencia,
reflexionando ante la propaganda oficial del
régimen de Franco y la
construcción de una identidad (rescatada en apuntes) que se distancia de los los textos que le enseñaran en la escuela.
Si bien a veces predomina el análisis semiótico de ciertos productos culturales propios de Italia, la historia no pierde su atractivo,
principalmente como ejercicio
replicable para volver a los recuerdos del pasado y rescatar algunos detalles cotidianos de nuestra propia infancia, dejándonos sorprender por algunas imágenes que dábamos por olvidadas.