sábado, 23 de mayo de 2009

Antonio Quintana, un imprescindible


Al ver las fotografías de Antonio Quintana dan ganas de pararse y salir con cámara en mano a captar imágenes de esas situaciones cotidianas que nos acompañan mientras viajamos en una micro, caminamos por una calle o vamos de compra a la Feria (así con mayúscula, como la institución horizontal, popular y contemporánea que se mantiene por años de años, en silencio, pero firme ante supermercados, malls y multitiendas).

Ver Valparaíso y Chile desde la retina de Antonio nos permite viajar a un mundo en blanco y negro, donde las cosas en política eran claras, las clases sociales marcadas y el sujeto popular, objeto de un discurso que lo enaltecía como sostén de la riqueza chilena. Asunto que Quintana, más allá de su militancia política, logra retratar con maestría.

La altivez del niño que vende diarios (Canillita, 1946), la estampa de los hombres viendo pasar el tiempo sobre su sandalias y bajo sus ponchos (Día Domingo, 1959) o la mirada al horizonte del obrero que controla una grúa al aire libre (Operador de Grúa, 1938); son claros ejemplos de la capacidad del fotógrafo para retratar la realidad desde una mirada respetuosa y maravillada de la vida cotidiana, pero particularmente del mundo popular.

Además, por su formación profesional como químico, Quintana se caracterizó por experimentar diversas formas de revelar los negativos, así como utilizar distintos soportes, entre los que se destacaron unas gigantografías donde aparecen retratadas las manos de distintos obreros y trabajadores de Chile. De hecho, una de estas fotos fue la portada del álbum de Víctor Jara llamado "Pongo en tus manos abiertas".

Las imágenes de este maestro de la fotografía llaman a movilizarse. Y eso fue lo que sentimos con un grupo de amigos cuando nos aproximamos a este personaje a través del ramo de fotografía de la carrera de periodismo. Humildemente tomamos nuestras cámaras heredadas de nuestros padres (en mi caso un Yashika de los años 70) y partimos a retratar cerros, calles y personas del puerto de Valparaíso, sólo que en los años 90, cuando sólo nosotros (y algunos más) aun veíamos las cosas en blanco y negro.

Diez años después, esas fotos se ven lejanas y claras, como las ideas que las movieron y los referentes que las formaron a la distancia. Entre ellos, Antonio Quintana, un imprescindible.

domingo, 17 de mayo de 2009

La Deuda


Hace varios años, en un ciclo de cine de la Universidad Valparaíso vi un extracto de Plan Z. En él un grupo de amigos se reúne a discutir sobre política. Todos hablan contra el sistema, lo injusto del neoliberalismo, todas las acciones que se deben realizar para que de una vez por todas triunfe algo similar al socialismo, etc... Hasta que hace ingreso a la habitación una mujer de delantal a cuadrillé (de esos que venden en el Unimarc al costado de las cajas) y retira o repone vasos; entonces todos guardan silencio. Una vez que ella se retira, todos vuelven a hablar al unísono sobre las reformas y las revoluciones necesarias para cambiar la sociedad.

La deuda, el último libro de Rafael Gumucio, y el primero que escribe en tercera persona, se hace cargo de ese silencio y lo prolonga en murmullos y reflexiones personales que explotan administradamente cuando, por esas cosas del destino, la máquina cómoda de los Fondart y las creaciones culturales montada por un productor de cine, es saboteada por un contador buena onda, quien de un día para otro se lleva toda la plata de la empresa. Y como si fuera poco, vuelve tres años después y deja a la luz unas facturas que delatan triangulaciones del productor con ministros de estado para obtener recursos para las campañas políticas del periodo.

Fernado, el protagonista de este relato, es un chileno emergente que viene desde Macul. Con esfuerzo consigue becas que le permiten realizar sus estudios superiores en la Pontificia Universidad Católica, donde conoce a Fernanda; joven virgen y acomodada, con quien se casa, logrando junto al título universitario un ascenso en la escala social que le permite afianzar redes y lograr un relativo éxito. Esto hasta que Juan Carlos, un hombre de clase media sin la fortuna de Fernando, opta por robarle y desaparecer del mapa.

La deuda es un libro rápido de leer, en lenguaje coloquial y con citas chilenas que lo vuelven divertido. La historia es atractiva, aunque a veces peca de estar muy sociológicamente construida o descrita. A ratos el pensamiento del autor florece con demasiada transparencia en los personajes, poniendo un tema que no es nuevo en la generación de Gumucio y que a veces se vuelve un poco reiterativo: el origen social, la culpa y el arribismo.

Hace pocas semanas, cuando se publicaron los sueldos de asesorías en diversos organismos del Estado, apareció el nombre de Gumucio asociado a la subsecretaría de transporte. En la entidad el escritor aporta "frases e ideas" por la no despreciable suma de $700.000 mensuales, de acuerdo a lo consignado por The Clinic, medio en el que colabora como columnista.

Visto de esta manera, la forma de volver rentables las arcas personales vuelven muy tenues las líneas entre lo lícito y lo ilícito y, efectivamente, se prestan para generar cierta clase de remordimiento o vergüenza en quien por formación u origen social, sabe que el dinero no se consigue tan facilmente en otros sectores sociales.

Para terminar, una cita de la columna de Rafael Gumucio en el mismo The Clinic en el que se publica parte de su ingreso mensual:

"Más que nunca Chile se divide entre quienes aprovechan de las desigualdades y los que intentan cambiarlo, aunque sea porque intuye de manera egoísta que el crecimiento y la prosperidad es imposible en un país de inquilinos que mienten y patrones que no necesitan siquiera aprenden a mandar. Chile no podrá salir del subdesarrollo si reparte sus ingresos de manera subdesarrollada. Una clase media que sabe que por raza, por barrio, por educación, está excluida de mandar, es una bomba de tiempo. Una bomba que ni siquiera necesita estallar, que está haciéndolo todos los días, a través de un mutuo saboteo sin fin, de un fomento sin igualdad a todo tipo de mediocridades".

lunes, 4 de mayo de 2009

Mad Men


Mad Men transita por la vida cotidiana de hombres y mujeres que trabajan, fuman y beben en una agencia publicitaria de Nueva York durante los años 60. En cada capítulo suceden acontecimientos que estos personajes escuchan por una radio o un televisor en blanco y negro. La campaña de Nixon, la muerte de Marilyn o la crisis de los misiles son comentados en el ascensor, mientras se mira a una secretaria o mientras se saca la vuelta en la oficina.

En el trabajo los hombres -y una mujer que lentamente ha ascendido hasta el puesto de redactora- discuten sobre diversas propuestas para variados productos de consumo e inician las asesoría publicitaria a las primeras campañas políticas.

En el pasillo las secretarias filtran llamadas y visitas a creativos, diseñadores y productores; quienes a su vez les devuelven alguna mirada o comentario con intentos de seducción.

Algunos cuadros memorables de la serie:

1. En la oficina: Se cae un avión de American Airlines. En el accidente fallece el padre de uno de los ejecutivos de Sterling Cooper. La compañía aérea está en conversaciones con la agencia para mejorar la imagen tras el accidente. Como una forma de demostrar compromiso, la agencia deja a cargo de las transacciones al hijo de la víctima del accidente, quien se encarga de negociar con la Aerolínea.

2. En la cama: Una secretaria está en la cama junto a su novio e intenta seducirlo. En un gesto un tanto tímido se sube encima de él, quien la rechaza y la increpa por ser demasiado osada. Al otro día la secretaría le presenta su novio a unos de sus jefes. Tras la presentación el novio la lleva hasta la oficina de su jefe y la viola.

3. Ante los clientes: Kodak solicita que se elabore una campaña para un nuevo producto. Don, el protagonista, crea una propuesta en la que incluye fotografías de momentos íntimos de su familia y la ofrece como una propuesta publicitaria basada en la emotividad a los ejecutivos de la compañía.

Actos como este suceden en el silencio de imágenes limpias y con colores vivos, donde no existe música de fondo (salvo excepciones) y los personajes se desenvuelven con naturalidad, asemejándose un poco a la vida real, pero con ciertos matices de exageración que bordean entre lo dramático y lo sarcástico.

Hace poco tiempo Los Simpsons hicieron una breve parodia citando a Mad Men. En el breve capítulo llegan tres protagonistas a la casa de Homero (por supuesto fumando) y le solicitan que asesine a un listado de artistas que insisten en cobrar el derecho de autor por aparecer en piezas publicitarias. Dicho esto, Homero comienza una carnicería en la que asesina a Prince y otras celebridades que luego bajarán desde el cielo para cobrar venganza.
Mad Men es ideal para aquellas personas que disfrutan de la publicidad o que se interesan por temas asociados a la comunicación estratégica. Además, la serie muestra una aproximación a la familia norteamericana de los años sesenta, incluyendo temas como los roles de género, la homosexualidad y la consolidación de la sociedad de consumo; siendo atractiva para aquellos telespectadores que disfrutan de hacer lecturas sociológicas de una manera didáctica y con guiones que no permiten despegarse de la pantalla.